Las drusas son pequeños depósitos de materiales residuales que el cuerpo no es capaz de eliminar mediante circulación sanguínea y que, como consecuencia de lo anterior, se almacenan en dos partes muy específicas del ojo: la retina y el nervio óptico.

 

drusas maculares

Presencia de drusas maculares visibles a través de una retinografía.

 

La mácula es la zona interna más sensible de la retina. Pues bien, las drusas acumuladas en esta zona son denominadas drusas maculares y tienen un aspecto y una composición muy variable. Sin embargo, las drusas del nervio óptico, como su propio nombre indica, son las que se almacenan en esta zona. La diferencia entre ambas no es otra que la ubicación y edad de aparición, siendo más habitual que las drusas maculares aparezcan después de una cierta edad y siendo totalmente indiferente el envejecimiento en el caso de las drusas del nervio óptico.
Las drusas del nervio óptico son comunes en niños y su desarrollo es tan lento que, a pesar de que pueden provocar una pérdida de visión periférica, no llega a percibirse en la mayoría de los casos.

 

Aparición y desarrollo de las drusas maculares

Respecto a las drusas maculares que aparecen a partir de cierta edad, cabe aclarar que no suelen desarrollarse en personas menores a los 45 años de edad pero sí son muy habituales en personas con más de 65 años.
Este tipo de drusas se sitúan entre dos membranas oculares: la membrana basal del epitelio pigmentario de la retina (EPG) y la membrana de Bruch. Su característica física esencial es el color amarillento y su forma es nodular en diferentes tamaños.
La evolución de estas drusas puede detenerse o puede continuar avanzando hacia una degeneración macular conocida como Degeneración Macular Asociada a la Edad (DMAE). Esta degeneración macular deriva hasta alteraciones visuales graves que pueden terminar en una ceguera oficial que afecta al centro del campo visual completo.

 

DMAE: tipos y tratamientos

La DMAE puede sufrirse en forma seca o atrófica, caracterizada por una evolución lenta y progresiva; o en forma húmeda o exudativa, menos cómun pero con progresión más rápida. En el primer caso no existe un tratamiento efectivo que pueda detener la enfermedad pero en el segundo caso los oftalmólogos recomiendan los fármacos denominados intravítreos antiangiogénicos con los que puede detenerse la enfermedad o, al menos, retrasar su evolución.

 

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